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Historia de la Cirugía Plástica

Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: quinta parte

Dr. Ricardo J Losardo

Revista Argentina de Cirugí­a Plástica 2025;(04):0192-0196 


El Dr. Héctor Marino relata su experiencia cuando estuvo a cargo de la Sala VII (Servicio de Cirugía Plástica) del Hospital Rawson y luego como jefe del Servicio de Cirugía Plástica en el Hospital Municipal de Oncología. A continuación, menciona su actuación en el Hospital Nacional “Baldomero Sommer” de General Rodríguez y su llegada a través de la Orden de Malta. Finalmente, comenta algunas situaciones personales vividas en estas tres instituciones y los colegas que las protagonizaron.


Palabras clave: biografía, historia de la medicina, cirugía plástica.

Dr. Héctor Marino recounts his experience as head of Ward VII (Plastic Surgery Department) at Rawson Hospital and later as head of the Plastic Surgery Department at the Municipal Oncology Hospital. He then discusses his work at the “Baldomero Sommer” National Hospital in General Rodríguez and his arrival there through the Order of Malta. Finally, he discusses some personal experiences he has experienced at these three institutions and the colleagues who have been involved in them.


Keywords: biography, history of medicine, plastic surgery.


Los autores declaran no poseer conflictos de intereses.

Fuente de información So­cie­dad Ar­genti­na de Ci­ru­gí­a Plás­tica, Estética y Re­pa­ra­do­ra. Para solicitudes de reimpresión a Revista Argentina de Cirugí­a Plástica hacer click aquí.

Recibido 2025-10-02 | Aceptado 2025-11-14 | Publicado 2025-11-28

Figura 1. Foto actual del Hospital Municipal de Oncología “María Curie”.

Figura 2. Foto actual del Hospital Nacional “Dr. Baldomero Sommer” de General Rodríguez.

Figura 3. Dr. Ricardo Manzi, Director del Hospital “Dr. Baldomero Sommer” de General Rodríguez,...

Introducción

El doctor Héctor Marino (1905-1996), destacado cirujano plástico argentino, fue uno de los primeros cirujanos plásticos en Latinoamérica. Profesor de la Escuela de Posgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador y primer director de la Carrera de Especialización en Cirugía Plástica. Jefe del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Municipal de Oncología “Marie Curie”. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina. Miembro Honorario de la Asociación Médica Argentina. Presidente de la Academia Argentina de Cirugía. Presidente de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica1,2.

Marino escribió en sus últimos años tres crónicas de viajes (1935, 1938 y 1944-1945) así como recuerdos y anécdotas de distintas épocas de su vida3-6. A continuación, transcribimos, con algunos retoques, dos de ellas que llevan los títulos “Mi Sala VII del Hospital Rawson y el Hospital Oncológico” y “Hospital de General Rodríguez y la Orden de Malta”.

En la primera anécdota recuerda su actuación asistencial, en la Sala VII del Hospital Rawson, en la cual era el jefe del Servicio de Cirugía Plástica, obtenido por concurso en 1951. Este Servicio fue el primero del hospital dedicado exclusivamente a la especialidad. En dicho servicio estuvo a cargo hasta 1955. En esos 4 años desarrolló una intensa actividad quirúrgica y recuerda que concurrieron a operar destacados cirujanos plásticos internacionales que Marino conocía de sus viajes, como: Harold Gillies (1882-1960), Archibald Mc Indoe (1900-1960), Gustavo Sanvenero-Rosselli (1897-1974), Karl Schuchardt (1901-1985), entre otros. Luego, en 1958, pasó al Hospital Oncológico, donde se creó el Servicio de Cirugía Plástica y fue su primer jefe. Lo acompañaron algunos de sus discípulos del Hospital Rawson: Jaime Fairman, Enrique Gandolfo y Jorge Nicklison. Todos ellos con el tiempo fueron presidentes de la Sociedad Argentina de Cirugía Plástica. Allí continuó con la Escuela Quirúrgica Municipal para Graduados como prolongación del Hospital Rawson. En 1970, después de 12 años como jefe, a los 65 años se jubiló y lo sucedió Enrique Gandolfo, siguiendo con las enseñanzas de la Escuela Quirúrgica de los hermanos Finochietto (Figura 1).

En cuanto a su actuación societaria, menciona que en 1950 participó del importante Congreso Argentino de Cirugía que se realizó en forma conjunta con el del Colegio Internacional de Cirujanos, en el Hospital Rivadavia, en homenaje al centenario del fallecimiento del General San Martín. Allí se transmitieron diversas operaciones por circuito cerrado de televisión a los auditorios de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires y al lujoso Hotel Plaza en el barrio de Retiro. Los comentarios de las cirugías fueron hechos por Ricardo Finochietto7,8. Entre los destacados cirujanos protagonistas estaba Marino. El famoso cirujano de mano, el francés Marc Iselin (1898-1987), estuvo presente e hizo un comentario elogioso sobre la habilidad quirúrgica de Marino.

En cuanto a su actuación investigativa, hace referencia a que en 1956 creó el Laboratorio de Trasplantes de Tejidos de la Fundación Williams (que funcionó hasta 1962) junto con Fortunato Benaim (1919-2023) donde realizaron interesantes estudios de injertos de piel9,10.

En esta primera anécdota también hace mención a los Dres. Roberto Dellepiane-Rawson y Horacio Achával-Ayerza.

En la segunda anécdota, cuenta su experiencia en el Hospital Nacional “Baldomero Sommer” durante 16 años (1970-1986). La inició cuando tenía 65 años, ya se había jubilado del Hospital Oncológico y solo estaba trabajando en el Hospital Naval. Ingresó a través del empresario Alberto Dodero que era secretario de la Orden de Malta Argentina, con el fin de realizar cirugías reparadoras en los pacientes leprosos. Lo acompañaban en estas cirugías Néstor Maquieira y Marcelo Di Paola, entre otros. Menciona también al director de dicho hospital, el Dr. Ricardo Manzi (1918-2019), dermatólogo dedicado a la salud pública, quien estuvo 30 años en ese cargo realizando una exitosa gestión (Figuras 2 y 3).

Finalmente, resalta el protagonismo que tuvo una joven hermana franciscana conocida como Sor Digna y también menciona al ingeniero Robustiano Patrón Costa (1875-1965), político y empresario argentino, dueño de un ingenio azucarero en Orán, provincia de Salta.

Mi Sala VII del Hospital Rawson
y el Hospital Oncológico

Cuando, en 1955, vino la Revolución Libertadora, naturalmente se me pidió que cediera de inmediato mi hermoso Servicio de la Sala VII al Dr. Dellepiane-Rawson, sin dar otra razón que como había estado preso, no había podido presentarse en aquel concurso de 1951. A mí, como no se sabía qué hacer, se me enviaba como Jefe de Cirugía Plástica al Hospital Alvear (en el que había estado 20 años atrás con Ricardo Finochietto cuando me inicié en cirugía general). Como esto significaba destinar una sala vacante a otro fin, recibí la visita de un grupo de médicos ginecólogos que ya tenían puestos los ojos sobre esa Sala y me prometían hacerme toda clase de dificultades. Fastidiado, y con muy pocas ganas de volver a las penurias municipales, presenté mi renuncia en la Municipalidad, renuncia tan injusta que sé que quedó depositada en un cajón del escritorio del Secretario de Salud, Dr. Horacio Achával Ayerza, durante dos o tres años. En el interín, más precisamente en 1956, creé el Laboratorio de Trasplantes de Tejidos de la Fundación Williams, donde asociado con Fortunato Benaim, hicimos una serie de estudios muy interesantes sobre injertos de piel.

Transcurridos tres o cuatro años, ingresé como cirujano plástico, primero a cargo y luego como jefe en el Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Oncológico, donde se reunieron muchos de mis discípulos del Hospital Rawson, tales como los Dres. Jaime Fairman, Enrique Gandolfo y Jorge Nicklison, e ingresé en un campo muy interesante para mí: el tratamiento y la reconstrucción de tumores malignos, sobre todo, de cabeza y cuello.

Nuevamente la concurrencia de pacientes fue satisfactoria y la nueva escuela, que seguía asociada a la Escuela Quirúrgica Municipal para Graduados, me permitió reiniciar los cursos de cirugía plástica que hacía antes en el Hospital Rawson.

Pero indudablemente mi corazón quedaría recordando los gloriosos tiempos de la Sala VII, que fue el primer Servicio dedicado exclusivamente a la especialidad en aquel gran hospital, con sus sesiones de 25 operaciones en una mañana de concurrencia de alumnos extranjeros y de ilustres nombres de la especialidad, tales como Harold Gillies, Archibald Mc Indoe, Gustavo Sanvenero-Rosselli, Karl Schuchardt y también todos los principales colegas de Sudamérica.

Recuerdo que esa época de gloria culminó en el Congreso Argentino de Cirugía y el del Colegio Internacional de Cirujanos, que se hicieron en forma conjunta, en agosto de 1950, que tuvo un apoyo importante de las autoridades nacionales y del mismo Perón, ya que se conmemoraba el centenario del fallecimiento del General San Martín. Allí tuve el placer de que vinieran a verme operar la flor y nata de los especialistas mundiales. Las operaciones fueron transmitidas por circuito cerrado de televisión. Recuerdo que mi demostración comprendió un melanoma de brazo, una parálisis facial y un labio leporino. Este último salió tan fácil, que hizo exclamar a algunos de los presentes ¡qué fácil! y entonces Marc Iselin tomó la palabra para dar una linda conferencia sobre las “fausses facilités”, o sea la “falsa facilidad”.

Entre tanto, uno se preguntará qué había sido de ese privilegiado lugar: Dellepiane-Rawson barrió con todos los médicos del equipo y sacó a escobazos a los que se quisieron quedar; envió todo el archivo de centenares de historias muy bien documentadas, al archivo general del hospital e hizo demoler el baño para quemados, que constituía un orgullo para mí y en esa Sala se hizo instalar un hermoso escritorio, para su uso personal. Luego, para frenar la concurrencia de pacientes cerró las puertas, se echó la llave al bolsillo y, durante tres años, esa sala quedó clausurada.

En el Hospital Oncológico (inicialmente llamado Instituto Municipal de Radiología y Fisioterapia), con su hermoso y refinado edificio, teníamos la suerte de que los servicios auxiliares, la cocina, la farmacia y sus medicamentos, los baños eran excelentes y los resultados reflejaban esa ventaja así que la concurrencia al quirófano fue rápidamente en aumento. Lo mismo que las conferencias dictadas en una hermosa y amplia Aula Magna –envidia de muchos hospitales– que permitió la organización de numerosos cursos y ateneos. El archivo de fotografías, que yo me había traído naturalmente del Rawson, siguió también aumentando y coincidió con un buen número de historias interesantes y de publicaciones.

Al fin, en 1970 me tocó, a los 65 años de edad, jubilarme con el grado de Jefe Honorario de ese Servicio, que afortunadamente ha sido tomado por Enrique Gandolfo, quien ha seguido al pie de la letra todas las reglas de organización de la Escuela de Ricardo Finochietto hasta la actualidad.

Hospital de General Rodríguez
y la Orden de Malta

En esa época me encontré que solo me quedaba mi ocupación en el Hospital Naval y recibí una propuesta de Alberto “Bertié” Dodero, que era secretario de la Asociación de Caballeros Argentinos de la Soberana Orden de Malta, para que ayudara en el tratamiento de los leprosos, atendidos por esta sociedad.

Siguiendo antiguas tradiciones esa secular asociación se ha hecho cargo del tratamiento y rehabilitación de los enfermos de lepra en el Hospital de General Rodríguez “Baldomero Sommer”. Cuando entré a trabajar en ese nuevo ambiente encontré que las salas de operaciones (el número de dos) se hallaban desprovistas de todo material para hacer cirugía plástica, lo cual obligó a la Asociación y otras entidades benéficas que colaboraban a comprar todo lo necesario; y así pude empezar a concurrir regularmente dos o tres veces por mes al “Centro de Rehabilitación de Enfermos de Lepra” que funcionaba dentro del hospital.

Esto me obligaba a hacer un viaje solitario –en mi Peugeot 504– terminando, al fin, en un camino de un solo carril, con el inconveniente de que, en las mañanas de invierno, si uno tenía que bajar del carril para dar paso a los camiones lecheros que iban a La Serenísima, el auto quedaba pegado en el barrial como una mosca en la miel. Pero el problema se solucionaba rápidamente porque robustos vascos lecheros, enterados de quien ocupaba el auto bajaban del camión y levantaban a brazo el automóvil y lo reponían en el camino.

Al fin había llegado a destino: hermoso lugar con un campo extenso y con numerosos edificios, habitados por enfermos y sus familias. Todo ello constituye una verdadera aldea, con comisaría y todo. La Dirección, a cargo del entusiasta Dr. Ricardo Manzi, me recibió muy bien dado que, en esos tiempos, todavía la concurrencia de mutilaciones y parálisis graves, así como llagas era abundante, cosa que afortunadamente ha ido disminuyendo predominando, en la actualidad, las formas de lepra que afectan el sistema nervioso, donde las mutilaciones son raras y casi siempre ocasionadas por quemaduras causadas por la anestesia de los tejidos.

En esos viajes primitivos no contaba con ayudantes, fuera de los médicos del leprosario, que llenaban esa función con toda dedicación. Acá tengo que recordar especialmente a las Hermanas de Caridad –que pertenecían a las Hermanas Franciscanas Misioneras de María– y, sobre todo, a Sor Digna, una hermana que tenía su historia. Esta monja siendo aún muy joven había ingresado en esa Orden en España y decidió de entrada ir a atender a los leprosos. Tanto hizo que, llegado a los 17 años, sus superiores le buscaron un sitio donde hubiera enfermos de lepra y terminó siendo remitida a la República Argentina.

Se creó así un problema mayúsculo para los superiores jerárquicos de la joven hermana, que no creían conveniente que esta menor fuera a parar al poco recomendable ambiente de un leprosario. Así que Sor Digna tuvo que esperar, creo que 10 o 15 años, para que le permitieran realizar su sueño. El resultado fue que primero se la remitió al Hospital y Dispensario que funcionaba en el ingenio azucarero “San Martín del Tabacal”, en el Norte de Salta, donde demostró su valor organizando perfectamente aquel centro de salud. Todo esto me fue referido detalladamente por el dueño, el ingeniero Robustiano Patrón Costas cuando una vez, de visita en el ingenio, empecé a hablarle de Sor Digna pues esta había dejado tan buen recuerdo que todavía el ingeniero lamentaba su ausencia, pero la voluntad de la religiosa había sido inquebrantable: ir a atender a los leprosos.

En el hospital de General Rodríguez había una Superiora con todo un equipo de Hermanas de Caridad, pero tuve la suerte de que Sor Digna me fuera agregada a la sala de operaciones, con plena autoridad.

Una vez instalado allí, ante los tremendos casos a tratar, decreté que había que decidirse entre reír o llorar y, afortunadamente, Sor Digna estuvo a la altura de las circunstancias y siempre tenía el comentario alegre y apropiado para iluminar cada caso. Como yo había podido solucionar algunos casos difíciles, mi prestigio había subido mucho y también la concurrencia de los pacientes había aumentado. Entonces decidí enrolar a dos de mis discípulos en esta obra de caridad. Resultado que, en los años sucesivos se agregaron los doctores Néstor Maquieira y Marcelo Di Paola. El primero, especializado en cirugía de las manos, para tratar las lesiones nerviosas y las deformaciones de las manos; y el segundo, como ayudante personal mío. Así se dividió el Servicio de Rehabilitación en tres partes: una para el tratamiento de las lesiones mutilantes de cara, labios, párpados y miembros; una segunda sección donde, con todos los adelantos modernos, se atendían las lesiones de los nervios y de las manos; y una tercera sección de ortesis y fisioterapia, a cargo de personal local.

Los viajes a General Rodríguez al principio, solitarios para mí, fueron sustituidos por un transporte a cargo de la Asociación de Caballeros con lo cual hicimos muchos trayectos alegres y divertidos comentando cosas profesionales y, a veces, personales.

Después de 16 años me vi obligado a abandonar esas excursiones mañaneras, que coincidieron con el retiro de su director, el Dr. Manzi, después de 30 años de una transformadora y pujante gestión. Entonces dejé a cargo del Servicio, al Dr. Maquieira, quien aún hoy sigue trabajando allí con encomiable sacrificio. En verdad, puedo decir que este período y el de mi actuación en el Hospital Naval fueron profesional y personalmente de los más felices de mi vida.

En resumen, al fin de una vida bien llena de actividades médicas me quedé solamente con mis funciones como Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina, pero con el recuerdo de muchos buenos momentos y también, por qué no, de algunos buenos disgustos. Tengo la suerte de que mi hijo, Héctor Salvador, haya elegido mi misma especialidad y la practique con altura, seguramente ayudado por un innegable sentido artístico que justifica plenamente el éxito creciente y merecido para bien de él, en cambio ha optado por dedicarse a la clientela privada dejando su posición en el Servicio de Cirugía Plástica del Hospital de Niños “Ricardo Gutiérrez”. Creo que ha hecho bien porque puede así cosechar sus éxitos sin las dificultades que acuciaron a su padre.

Conclusión

En esta quinta parte de nuestra publicación sobre recuerdos y anécdotas del Dr. Héctor Marino, destaca su trayectoria en los Servicios de Cirugía Plástica del Hospital Rawson (Sala VII)11 y en el Hospital Oncológico. También relata su participación en el Hospital Nacional “Baldomero Sommer” de General Rodríguez, dedicado al cuidado y la cura de los enfermos leprosos. Este relato se refiere a algunas de sus actividades realizadas entre 1951 y 1986.

Esta serie de artículos pretende recordar la figura de don Héctor Marino y los primeros años de la cirugía plástica argentina, ante las futuras generaciones de cirujanos plásticos, para que tengan modelos y ejemplos a seguir en estos tiempos actuales 12-17.

  1. Losardo RJ. Semblanza del Académico Profesor Doctor Héctor Marino. Revista de la Asociación Médica Argentina, 2018;131 (2):4-6.

  2. Losardo RJ. Marino, H.S.: Héctor Marino. Pionero de la Cirugía Plástica Latinoamericana. La Prensa Médica Argentina, 2023;109(2):64-74.

  3. Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Crónica de viaje: Alemania e Inglaterra, 1935. Revista ALMA Cultura & Medicina, 2019;5(1):51-57.

  4. Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Crónica de viaje: Estados Unidos, 1938. Revista ALMA Cultura & Medicina, 2019;5(2):8-16.

  5. Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Crónica de viaje: La Segunda Guerra Mundial. Revista ALMA Cultura & Medicina, 2019;5(3):6-12.

  6. Losardo RJ. Dr. Héctor Marino. Recuerdos de los Congresos Internacionales de Cirugía Plástica. Revista ALMA Cultura & Medicina, 2022;8(1):48-61.

  7. Losardo RJ. Doctor Alfonso Roque Albanese, pionero de la cirugía cardíaca. Revista ALMA, Cultura y Medicina, 2020;6(1):30-51.

  8. Losardo RJ. Cruz-Gutiérrez, R.; Prates, J.C.; Rodríguez-Torres, A.; Valverde-Barbato de Prates, N.; Arteaga-Martínez, M.; Halti-Cabral, R.: Alfonso Roque Albanese: Pionero de la cirugía cardíaca latinoamericana. Homenaje de la Asociación Panamericana de Anatomía. International Journal of Morphology, 2017;35(3):1016-1025.

  9. Losardo RJ. Semblanza del Académico Profesor Doctor Fortunato Benaim. Revista de la Asociación Médica Argentina, 2021;134(4):6-8.

  10. Losardo RJ. Prezzavento, G.: Académico Fortunato Benaim (18/10/1919 – 24/09/2023). Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2023;29(2):158-160.

  11. Losardo RJ. Albanese, E.F.: El final del Hospital Rawson y la diáspora finochiettista. A 45 años de estos hechos. Revista de la Asociación Médica Argentina, 2023;136(2):18-25.

  12. Losardo RJ. Dr. Miguel Correa-Iturraspe: La cirugía plástica que ha vivido. La Prensa Médica Argentina, 2023;109(3):101-120.

  13. Losardo RJ. Oscar V. Mallo. Pionero de la cirugía plástica infantil argentina. La Prensa Médica Argentina, 2024;110(3):123-130.

  14. Losardo RJ. Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: primera parte. Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2024;30(4):343-345.

  15. Losardo RJ. Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: segunda parte. Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2025;31(1):26-28.

  16. Losardo RJ. Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: tercera parte. Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2025;31(2):78-81.

  17. Losardo RJ. Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: cuarta parte. Revista Argentina de Cirugía Plástica, 2025; 31(3):143-146.

Autores

Dr. Ricardo J Losardo
Presidente de la Academia Panamericana de Historia de la Medicina. Vicepresidente de la Sociedad Internacional de Historia de la Medicina. Jefe del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Oncológico. Ex Presidente de la Sociedad de Cirugía Plástica de Buenos Aires. Presidente del 48º Congreso Argentino de Cirugía Plástica (SACPER)..

Autor correspondencia

Dr. Ricardo J Losardo
Presidente de la Academia Panamericana de Historia de la Medicina. Vicepresidente de la Sociedad Internacional de Historia de la Medicina. Jefe del Servicio de Cirugía Plástica del Hospital Oncológico. Ex Presidente de la Sociedad de Cirugía Plástica de Buenos Aires. Presidente del 48º Congreso Argentino de Cirugía Plástica (SACPER)..

Correo electrónico: ricardo.losardo@usal.edu.ar

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Revista Argentina de Cirugí­a Plástica, Volumen Año 2025 Num 04

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Revista Argentina de Cirugí­a Plástica
Número 04 | Volumen 71 | Año 2025

Titulo
Recuerdos y anécdotas del doctor Héctor Marino: quinta parte

Autores
Dr. Ricardo J Losardo

Publicación
Revista Argentina de Cirugí­a Plástica

Editor
So­cie­dad Ar­genti­na de Ci­ru­gí­a Plás­tica, Estética y Re­pa­ra­do­ra

Fecha de publicación
2025-11-28

Registro de propiedad intelectual
© So­cie­dad Ar­genti­na de Ci­ru­gí­a Plás­tica, Estética y Re­pa­ra­do­ra

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